PLANTANDO SUEÑOS A TRAVÉS DE LAS MARCAS

El nacimiento de una marca podría identificarse como el momento en el que el emprendedor o emprendedora se atreve a soñar con un nuevo proyecto, lo imagina y poco a poco lo va configurando, incluso puede dibujarlo y desdibujarlo en más de una ocasión para finalmente, realizar un proceso que permitirá concretar el sueño.

Con “proceso” nos referimos al registro de un producto o servicio específico bajo un nombre especifico. Como resultado, uno puede construirle una identidad legal al sueño y facilita en el consumidor un sentido de identificación y con el tiempo afinidad, seguridad e incluso afecto. Detrás de la creación de una marca existen un sinfín de esfuerzos colectivos que se materializan en un documento con validez oficial, pero ¿qué es lo que el registro de una marca va a permitir?

Irónicamente, aun cuando con el registro la marca se convierte en propiedad privada, a partir de ese momento, la misma va a moverse del espacio privado de su o sus creadores, para convertirse en un tema público que llegará a volverse parte de la vida del colectivo.

En general, hemos aprendido que lo que venden las marcas registradas es una imagen y no un producto, pero el asunto es mucho más profundo que eso. Lo que las marcas ofrecen en realidad, son emociones, e incluso, en los casos más afortunados, sentimientos. Con esta aseveración, no hablamos de una comercialización  fría y sin sentido, nos referimos, por ejemplo, a la experiencia de comprar aquello para lo que ahorramos varios meses y que luce justo como lo visualizamos, con los colores de empaque, el slogan y la envoltura, hablamos de la evocación de recuerdos producida al probar aquello que comíamos bajo otras circunstancias en la sala de la abuela, de retroceder  10 años en el tiempo al oler aquel perfume marca registrada que usaba esa persona especial y que desde luego, sigue oliendo igual.

Ya sea por la emoción excitante de lo nuevo o por la melancolía del pasado, el reconocimiento de un producto cuya identidad va más allá de su funcionalidad, permite que el costo que se pague no sea en muchos de los casos por el producto en sí, sino por los sentimientos asociados. La verdad es que, de acuerdo con la manera en la que se gestan las marcas, podemos entender que su resultado sea parcialmente emotivo.

De esta manera, ya sea comprando o vendiendo, reconocemos que una marca propia no solo comercializa productos o servicios, vende emociones y paradójicamente, éstas jamás tendrán precio.

 

 

Magnolia Blanco Quiroz